sábado, 11 de enero de 2014

Respuesta a editorial racista del diario La Nación

Sobre la editorial racista de La Nación sobre los “mapuche llegado de chile” o el “exterminio de los tehuelche”




Siguiendo, coherentemente, con su mensaje ligado a los intereses económicos que representa, el diario "La Nación" vuelve a la carga con el mito de la “chilenidad mapuce” o de la “argentinidad tehuelche”. Ayer porque se debía justificar el terrorismo de estado contra la Nación Mapuce y hoy porque se debe justificar la expoliación y usurpación de los territorios y recursos naturales en Puelmapu. Ayer lo hizo a través de escribas del poder o de frívolos como Rolando Hanglin. Como pierden cada vez mas credibilidad sus falsas teorías, hoy lo hace desde la misma editorial del Diario. 

Nosotros como Confederación Mapuche de Neuquen, hemos fijado posición más de una vez sobre ese falso debate que pretenden instalar. Hoy le pedimos a los amigos profesionales de la ciencia antropológica o social que hagan su aporte a este debate que pretende ser desde “las fuentes indiscutibles de la ciencia”. Creemos que el compromiso con las causas populares, con un enfoque critico de la ciencias al servicio de los poderes tradicionales, también debe ser cuestionando esta voz o versión oficial que se escucha no solo desde este medio hegemónico, sino desde la voz de funcionarios oficiales, ligados incluso a la política indigenista del estado nacional.

Hoy queremos compartir la posición de una de esas compañeras de ruta de las luchas indígenas, que cuestiona desde su profesionalismo, este pensamiento racista expresado por la editorial de “La Nación” del 05/01/14.

¿QUE ESTA PASANDO CON LOS PUEBLOS ORIGINARIOS?

Por Dra. Diana Lenton 

Diariamente recibimos noticias de reclamos y conflictos relacionados con los Pueblos Originarios en todo el país. Los más generalizados son los que tienen relación con la propiedad o el manejo de la tierra y sus recursos. Diariamente también nos enteramos de la represión, generalmente violenta, con que se quiere acallar estos reclamos –que ya ha costado muertos y heridos, uno de los más recientes el asesinato de Chocobar en Chuschagasta, Tucumán, el pasado 12 de octubre-. Y cotidianamente también, de la protesta que algunos políticos, comunicadores o simples ciudadanos lanzan contra los argumentos de las comunidades y organizaciones indígenas. Es decir, la protesta contra la protesta, que generalmente se hace en nombre de un supuesto conocimiento “experto” que en la mayoría de los casos no es tal, y que parece lógico sólo en función de un conjunto de errores y falacias con los que la escuela nos ha educado muy mal, acompañada por la historiografía y la etnología clásica y los mismos medios de difusión, que han tenido su cuota de responsabilidad.

Ante todo esto, en mi carácter de investigadora de estas cuestiones, y con el sincero objetivo de contribuir a esclarecer algunos puntos y especialmente apaciguar temores infundados, me dirijo a los lectores de este diario con lo que espero que constituya un aporte. 
La explosión de conflictos en todo el país en relación al uso y posesión de la tierra que reclaman los pueblos originarios tiene varios orígenes. 

Uno inmediato, que es la agresividad de la expansión de la frontera forestal y agrícola, a partir del uso de tecnologías transgénicas que permite cultivar para el mercado en tierras que antes no eran utilizadas, sino para la subsistencia, o para otras clases de producción. El llamado “modelo sojero” es el mejor ejemplo, aunque no el único. De la misma manera, la expansión de la explotación minera e hidrocarburífera, que al igual que la soja y el monocultivo forestal, implica grandes perjuicios para las poblaciones a las que les toca vivir en las cercanías, produce el aumento de estos conflictos territoriales. El avance de la explotación turística, que combina su faz de extrema amabilidad hacia el visitante con una cara muy diferente para el habitante local, complementa este factor que es responsable en gran medida de los problemas que hoy atraviesan no sólo los Pueblos Originarios sino también grupos campesinos no indígenas, que ven seriamente amenazada su subsistencia, y, aunque no parece haber gran conciencia de ello, también los habitantes de las ciudades en tanto y en cuanto se modifica el espacio y el ambiente habitual.

El origen mediato de la problemática, en cambio, remite al que puede considerarse como el “pecado original” de la República Argentina, que es la construcción de un orden legal que no sólo desconoció a los pueblos indígenas con los que esa sociedad republicana en ciernes convivía, sino que se constituyó a partir de la desaparición, la muerte y la miseria de aquellos. No son otra cosa las llamadas Campañas al Desierto, Campañas al Chaco, Campañas de los Andes y otras, que se extendieron por cien años, desde el gobierno de Martín Rodríguez en Buenos Aires, hasta el de Roque Sáenz Peña en el nivel nacional. El detalle de las diferencias entre esta clase de avanzada territorial y otras políticas previas y simultáneas requeriría un espacio que no pretendo apropiar, pero es necesario dejar en claro que al menos hasta 1870, los encuentros violentos eran matizados con una gran cantidad de intercambios comerciales, sociales y políticos pacíficos a lo largo de toda la frontera interior, y que fue el estado argentino en formación el que decidió, coincidiendo con un cambio ideológico feroz al interior de la elite ilustrada, borrar unilateralmente con el codo la experiencia de conocimiento y trato mutuo, los acuerdos que se habían firmado con las naciones indias, y las prioridades que su gobierno se daba para llegara a ser una “sociedad civilizada”. A partir de allí, todo cambiaría, y los sobrevivientes y descendientes de aquellos pueblos autónomos conocieron la esclavitud, la trata de blancas, los fusilamientos masivos, las torturas (entre muchos otros procedimientos que habían sido prohibidos por la Asamblea de 1813 y por la Constitución de 1853, y que como denunciaban pública y cotidianamente la prensa, la Iglesia y el Congreso Nacional, fueron “resucitados” para los indígenas); y especialmente la expropiación de sus territorios. Cualquier persona puede acercarse a los archivos y verificar esto; los documentos no son difíciles de hallar. Sin embargo, el trabajo eficaz de una serie de intelectuales orgánicos, secundados por décadas de educación oficial, se encargó de tergiversar los conceptos para llegar a un esquema de pensamiento bastante común, que consiste en ignorar estos hechos o en juzgarlos como un “mal menor” frente al “peligro” representado por los indígenas. 

¿Son originarios los mapuche?

La situación de los mapuche no es diferente a la de los otros Pueblos Originarios del territorio que hoy es argentino. Sin embargo, me interesa encararla un poco más centralmente debido a la región particular en la que este Diario tiene mayor influencia.

En el conjunto de los Pueblos Originarios que hoy habitan el territorio argentino, los mapuche sufren, al igual que otros pueblos, la agresión y la prepotencia de empresas y particulares que aprovechan la vulnerabilidad que provoca el vacío legal para hacer con sus vecinos originarios lo que tal vez no harían con otros vecinos. Sin embargo, se da una situación especial en relación a la imagen que muchos argentinos se forman acerca de la relación entre los mapuches y la argentinidad. 

El último Censo Nacional de Población realizado en 2001, a través de la Encuesta Complementaria de Población Indígena (ECPI) , permite verificar que un 3,7 % de las personas mapuches censadas en el país han nacido fuera del territorio argentino, mientras que un 96,3% de los mapuche son considerados argentinos por haber nacido dentro de las fronteras de la Argentina. El 89 % de los mapuche, además, ha nacido en la misma provincia en la que fueron censados. Esto nos dice que a pesar de que muchas personas -algunas de buena fe y otras no-, argumentan que los mapuche son “esencialmente” chilenos, la realidad es otra muy diferente: el 96 % de ellos no es chileno, y más aun, casi todos viven y permanecen en el pago donde han nacido.

Estos porcentajes de “natividad” son mayores que los de otros pueblos, según la misma ECPI. Sin embargo, mientras no es común que se crea que se puede ser Qom (mal llamados tobas) o Wichi (mal llamados matacos) y no ser argentinos, en la misma proporción muchos compatriotas sostendrían que la condición de mapuche implica automáticamente la de chileno, es decir, extranjero. 

¿A qué se debe este error?

Antes que nada debemos advertir que desde el punto de vista de la ciencia antropológica más rigurosa, es un sinsentido pretender hacer coincidir variables de pertenencia étnica y de nacionalidad en sentido moderno, dado que son conceptos colectivos de diferente tipo, que no se afirman ni se niegan mutuamente. En otras palabras, ser mapuche no contradice ni impide el ser argentino o el ser chileno, como tampoco lo obliga, ya que son pertenencias de distinto orden. 

Por otra parte, desde el punto de vista histórico, pensar que ser mapuche es ser chileno es un anacronismo, es decir un grave error científico, dado que los sentidos de pertenencia indígena se remontan a una antigüedad mayor a la del trazado de las fronteras internacionales. Esto es, los individuos que hoy son considerados chilenos o argentinos según hayan nacido más allá ó más acá de la Cordillera, tienen como familia un origen enraizado en alguna de las pertenencias antiguas (pehuenche, guluche, puelche, huilliche, moluche, picunche, waizufche, chaziche, lafkenche, furilofche,wenteche, nagche, mahuidache, etc.) que hoy componen en conjunto la ancestralidad mapuche y que antes de la consolidación de las fronteras estatales eran soberanas en un territorio compartido bajo sus propias reglas. Ningún investigador que trabaje con fuentes antiguas puede negar la presencia de estas pertenencias en el territorio pampeano y patagónico desde varios siglos atrás. No hay dudas de la preexistencia al Estado nacional, por ejemplo, de los pehuenche o de los huilliche, nombrados en infinidad de documentos virreinales, crónicas de viajeros, etc., desde tiempos coloniales. Más aun, como demuestra la historiadora Florencia Roulet, fue la presencia ancestral de los Pehuenches en lo que hoy son las provincias cuyanas y el Neuquén lo que decidió la pertenencia de esta región a la égida del Río de la Plata y no de Chile, en el siglo XVIII, ya que los mismos tenían mayores relaciones económicas y políticas con Buenos Aires que con Santiago . Y sin embargo, cuando hoy los dirigentes agrupados en los Consejos Zonales Pehuenche o Huilliche, que a veces hasta portan los mismos apellidos que esos antiguos habitantes, toman la palabra, nunca falta el que pone en duda su derecho al reclamo con el argumento de que son “extranjeros”.

El panorama etnohistórico de Pampa y Patagonia es muy complejo, y no puede reducirse al esquema binario mapuches (o araucanos) / tehuelches (o gününa kena, o aoniken, etc.) con el que ciertos “expertos” simplificaron la cuestión para consumo popular. A la alta movilidad de las sociedades prehispánicas y a su modalidad particular de uso compartido del territorio, no siempre bien comprendida, debe agregarse una larga historia de variaciones en los etnónimos –es decir en los nombres que los grupos se dan a sí mismos, o los que otros les dan. 

Las variaciones a través del tiempo en los nombres de los pueblos no necesariamente significan cambios en su identidad. En todo caso, son índice de nuevas formas de relacionarse con los otros grupos, resultado del contexto histórico concreto. Por ejemplo, es obvio que para 1810 no existía una sociedad que se presentara a sí misma con el nombre de “República Argentina”, aun cuando en 1602 Del Barco Centenera había publicado su poema “La Argentina” para referirse a la región que se extendía entre el Río de la Plata (que llamó “Argentino”), y el Pacífico. A comienzos del siglo XIX lo “argentino” se reducía a la Ciudad de Buenos Aires. Los patriotas de mayo lucharon en nombre de las Provincias Unidas del Río de la Plata y declararon la Independencia en nombre de las Provincias Unidas de Sud América, no de la Argentina. Y sin embargo, para 2010 nos preparamos a celebrar el Bicentenario del “nacimiento de la patria”, sin poner en duda que el cambio de denominación no impide que nos reconozcamos como herederos de aquéllos. Más aún, aquellas Provincias Unidas ni siquiera estaban constituidas por todos los pueblos (hoy provincias) que siguiendo a diferentes caudillos, sucesivamente se aliaban o se enfrentaban. En la firma de la Constitución de 1853 no participaron los distritos más poblados de la actual República. Y sin embargo, a la hora del festejo no hilamos tan fino como para destacar quién “era parte” y quién no lo era, de aquellos acuerdos que permitieron la evolución social y política hacia lo que hoy somos. El nombre “Argentina”, derivado de la lectura poética de un español acerca de la lucha colonial, no es inmemorial ni esencial sino contingente, como todos los etnónimos, y ello no afecta ni la “identidad” ni el sentimiento nacional.

En efecto, una de las premisas básicas del conocimiento etnológico es la de que las identidades viven en proceso de cambio, con nuevas agregaciones y desagregaciones que cambian sus ejes de alineación, y que las identidades cambiantes no son menos reales ni más espurias que si permanecieran inmutables, como a veces pareciera que se les demanda... a los otros. Estas premisas son básicas e irrefutables, como sabe cualquier antropólogo o sociólogo profesional, por lo menos desde la década de 1970, con la publicación de los imprescindibles ensayos de Fredrik Barth y Roberto Cardoso de Oliveira .

Volviendo al panorama etnohistórico del sur argentino, su complejidad resulta también de la escasez de fuentes claras, en las que la mención de etnónimos sea confiable, producto del conocimiento real y objetivo de los grupos en cuestión. Por otra parte, todos estos pueblos se mezclaban permanentemente, por medio de la circulación de personas y de productos comercializables, de alianzas militares y de matrimonios mixtos, hasta llegado un punto en que resulta artificial y alejado de la realidad intentar analizarlos por separado.

El investigador Miguel Angel Palermo demostró, sobre la base de documentos coloniales, cómo en un mismo individuo podían converger, por vía del parentesco, varias líneas étnicas. Hemos tomado de sus estudios los ejemplos que siguen: En 1750, por ejemplo, el cacique “Bravo” o Cacapol, tehuelche septentrional “serrano” (de las sierras del sur de la actual provincia de Buenos Aires), tenía por pariente “muy cercano” al cacique Ayalep, jefe de un grupo conocido como picunche o pampa de los llanos de Córdoba y el sur de Cuyo; poco después se tiene noticias de sus planes matrimoniales con una mujer tehuelche meridional de una tribu de la zona del golfo de San Julián. Otro buen ejemplo es el del cacique “Negro” o Chanel, del río Colorado, que hacia 1780 tenía una esposa auca, y un primo cacique en el golfo de San Julián, territorio tehuelche meridional. En 1783, el cacique tehuelche septentrional Chulilaquin tenía un yerno emparentado con los aucas del lago Huechulafquen, y diez años después se lo registra con una esposa araucana. Un paso más avanzado al respecto es la formación de grupos étnicamente mixtos. Su forma más elemental fue la asociación temporaria de partidas o tribus de gente de distinta raíz étnica para un fin determinado: guerra, arreo de ganado, etc, situación frecuentemente reflejada por las fuertes del siglo XVIIII. Pero en una segunda instancia algunas de estas asociaciones tendían a hacerse estables bajo la forma de confederaciones como la de los pampas bonaerenses con algunos caciques “serranos” de habla y vestimenta araucana en 1745, o la de los pampas del oeste o picunches con los “araucanos” instalados en sus territorios hacia 1750. Las alianzas políticas, comerciales y matrimoniales involucraban movimiento de personas hacia uno y otro lado de la cordillera, en ambas direcciones.

Uno de los indicadores más inmediatos de este permanente flujo de personas y grupos por el territorio es el lingüístico: hay evidencias acerca del manejo de distintas lenguas en un mismo grupo, a partir del siglo XVII y adquiriendo máximo vigor en el XIX, con casos de individuos que hablaban hasta cuatro lenguas –incluido el castellano-, como el referido para la zona de Carmen de Patagones por el viajero D´Orbigny en 1829, o las tribus trilingües –tehuelche meridional y septentrional, y araucano- registradas por el viajero Cox en 1863, en el Neuquén. 

¿Quiénes son los Araucanos?

Cuando Alonso de Ercilla escribió su poema “La Araucana”, a mediados del siglo XVI, para describir la guerra de conquista en el centro-sur de Chile, no habrá estimado los efectos políticos que tendría el mismo. Como Del Barco Centenera, eligió un nombre poético para la región circundante a la Plaza de Arauco, que extendió a sus habitantes. Ercilla no pretendía que todos los grupos emparentados con aquellos a quienes bautizó “araucanos” en español –sin averiguar cómo se nombraban a sí mismos- fueran también araucanos. Simplemente estaba describiendo los acontecimientos históricos en una fracción del territorio. Mucho menos estaba en condiciones de afirmar que los habitantes de las regiones al este de la cordillera, que desde tiempos inmemoriales compartían lengua, costumbres –con variaciones regionales- y tenían redes parentales y comerciales con los transcordilleranos, tuvieran que ser denominados “araucanos”. Sencillamente, no se ocupó de ellos. Pero los pueblos asentados a uno y otro lado de los Andes, como consta en muchos documentos coloniales, reivindicaban identidades locales que los diferenciaban al interior de este conjunto, y a la vez, sostenían una identidad común en virtud de aquellas características compartidas. 

A partir del siglo XVI se produce un cambio en esta situación, cuando aumenta el movimiento de personas y familias que desde el oeste de los Andes se trasladan y se instalan al este de los mismos, produciéndose también un aumento en la influencia de sus pautas culturales sobre las de los grupos receptores. Aquellas prácticas tradicionales de asociaciones temporarias y matrimonios interétnicos son las que permitieron la penetración cultural “araucana”, ya que no hubo acciones de conquista militar ni de imposición cultural forzada .

Este fenómeno fue advertido y documentado por cronistas, exploradores, militares y misioneros, que enfatizaron el carácter “araucano” de la nueva configuración por sobre los demás elementos existentes. Sin embargo, la imagen de lo “araucano” –trátese de emigrados o de grupos locales influidos por su cultura- no se equiparó a “peligro extranjero” hasta mucho después. El interés por atribuir una u otra nacionalidad a los indígenas patagónicos, surgió a fines del siglo XIX como parte del movimiento ideológico que derivó en la consolidación de ambos Estados. Es decir, lo que cambió abruptamente a fines del siglo XIX, coincidiendo con nuestra “Generación del 80”, no fue tanto la realidad de los grupos indígenas, como la perspectiva de los observadores. 

La conformación del Estado nacional, a fines del siglo XIX, coincidió con un tipo de discurso autoritario que luchaba por hegemonizar el cuerpo de discursos sobre la población. En 1878 Estanislao S. Zeballos, promotor e “intelectual orgánico” del roquismo, escribió por encargo y pagado por el Ministerio de Guerra, y para acompañar el proyecto que se convirtió en Ley 947 /1878 de establecimiento de la frontera interior en el Río Negro, un alegato titulado “La conquista de quince mil leguas”. Esta obra, donde Zeballos describió a su conveniencia un territorio y una población que no conocía, presentó varios postulados que fueron puestos en cuestión por otros expertos de la época como Lucio V. Mansilla y Nicolás Calvo, pero que confluyeron en la justificación ideológica de las campañas militares. Entre ellos, que las “quince mil leguas” eran un territorio valioso para el Estado en formación y que valía la pena intentar su apropiación antes de que lo hiciera el Estado chileno; que los pobladores indígenas de dicho territorio representaban la “barbarie” que amenazaba a la nación “civilizada”; que la subsistencia independiente de los indígenas de la región representaba un perjuicio para la economía “nacional” tanto por las “depredaciones” que sufrían las estancias como por el “tributo” (las raciones) que el gobierno se había obligado a pagar a algunos de ellos; y, como frutilla del postre, que el origen (y el destino) de estos indígenas eternamente “belicosos” estaba en Chile. Al crear un enemigo “extranjero”, el Ministerio de guerra lograba así debilitar la oposición que desde muchos sectores se hacía a la política expansionista de Avellaneda y Roca. Contrariamente a lo que algunos sostienen, la política de Roca no era un deseo generalizado ni era la única política posible, sino que muchas voces que no pueden ser tachadas de sensibleras, como Sarmiento y Mitre, acusaban al gobierno de cometer “crímenes de lesa humanidad” en perjuicio de habitantes pacíficos y le reprochaban que no utilizara los recursos que la legalidad le proveía. Por ello, a partir de allí, en sus obras posteriores, Zeballos argumentará cada vez con mayor énfasis en la supuesta raíz chilena de los indígenas de la Pampa y la Patagonia; idea que será rescatada por la etnología política nacionalista a partir de 1920 y difundida como verdad “científica”, aunque la raíz de su argumento no estuvo nunca en el ámbito de la ciencia, sino de la política parlamentaria y militar, y el éxito en la difusión del error no se debe a sus virtudes etnohistóricas sino a sus connotaciones políticas. 

De hecho, en Chile, las tesis formuladas en la década del '20 por Ricardo Latcham y Francisco A. Encina, que atribuyen a los araucanos un origen pampeano prehistórico (“argentino”), emparentado con los guaraníes, fueron apropiadas rápidamente, por idénticos motivos, por el discurso hegemónico y pasaran a dominio público a través de los textos escolares de Historia, de manera que también en Chile los araucanos se convirtieron en “extranjeros”.

Se sabe que en los años contemporáneos e inmediatamente posteriores a las campañas militares en la Patagonia –sólo por dar una fecha, recordemos que el combate de Apeleg (Río Senguerr), se produjo en 1883- numerosas familias huyeron hacia Chile, donde algunas de ellas se establecieron definitivamente, pero otras regresaron al oriente de los Andes, de donde eran originarias, cuando las condiciones fueron propicias. Este origen “argentino” de algunas familias mapuches aparentemente “chilenas”, está documentado en fuentes militares de la época y en numerosos registros de historia oral .

El territorio original de los actuales pueblos patagónicos se extendía a ambos lados de lo que hoy es la frontera internacional. Son falaces las afirmaciones que pretenden asignar origen trasandino a los mapuche o araucanos dado que las migraciones, intercambios matrimoniales y el nomadismo tradicional hacen imposible verificar una fijación territorial a uno ni a otro lado de la cordillera; tanto como las afirmaciones acerca de un origen “argentino” de los tehuelche. 

Las migraciones afectaron a la totalidad de los pueblos originarios. Ni los Mbya Guaraní pueblan hoy el mismo territorio que en tiempos previos a la Conquista ni los Ava-Guaraní, Chiriguanos ni Chané , ni los Wichi , ni siquiera los pueblos reconocidamente sedentarios y agricultores del NOA, que por situaciones de emergencia relacionadas con el Incanato primero y con el dominio español y republicano después, modificaron drástica y repetidamente sus espacios de establecimiento. Sin embargo, todos los pueblos mencionados son originarios y preexistentes, pero no porque sean “originarios” de un territorio totalmente incluido en lo que hoy es territorio argentino y hayan permanecido estáticamente dentro de sus fronteras, sino porque en su carácter de Pueblo preexistente al Estado argentino, son originarios de un territorio que también es preexistente al trazado de las fronteras internacionales, y es en ese carácter de preexistentes que se hacen merecedores de derechos constitucionales específicos. 

Pretender negar esta clase de preexistencia es no sólo ignorar los procesos ancestrales de poblamiento nómade, sino eludir la responsabilidad del propio Estado nacional, que luego de las campañas militares escindió a la totalidad de la población originaria de sus territorios ancestrales para confinarlos en otros, en función de políticas que no tuvieron nada que ver con las preferencias o propuestas autóctonas. La única salida ética para esta historia es entonces reconocer las responsabilidades históricas, disponernos a encontrar formas de reparación que, si bien nunca podrán retrotraernos a tiempos pasados, al menos intenten cierta justicia, y empezar para ello reconociendo la pertenencia de las familias originarias, independientemente de su ser mapuche o tehuelche, a un territorio ancestral sobre el cual se instaló el Estado argentino, pero que fue mapuche y tehuelche antes de ser argentino. 

En cuanto a la tan debatida antigüedad del término mapuche, Francisco P. Moreno verificó en 1876 su utilización –bajo la forma mapunche- para denominar a algunos de los participantes de un Parlamento reunido tiempo atrás en el área de influencia de Sayhueque . Manuel Olascoaga también lo mencionó en algunos de sus escritos. Con el tiempo este término se fue extendiendo para abarcar al conjunto de subgrupos que comparten una cultura, y especialmente una lengua (el mapudungun), aun con variaciones dialectales. En esta acepción extendida –lengua “mapuche” para aplicar a todo este conjunto de gente- lo recogieron los sacerdotes en dos catecismos escritos a fines del siglo XIX, tal como lo demostraron la historiadora María Andrea Nicoletti y la etnolingüista Marisa Malvestitti.

¿Qué pasó entre mapuches y tehuelches?

El otro argumento que Zeballos propuso en 1878 es el de la “natural” diferencia entre los indígenas que residían en la Pampa –objetivo de la Ley 947-, a los que señalaba como extranjeros y bárbaros, de los “originarios del país” que habitaban al sur del Río Negro, donde la incorporación de sus territorios al Estado aún no se presentaba como un proyecto inmediato, y por lo tanto no debían ser (por el momento) atacados. Afirmaba también que estos pobladores, a los que denominaba tehuelches por ignorar sus etnónimos propios, “derramarían su sangre en defensa de la colonización del Chubut y de Carmen de Patagones”. Es decir, que la clasificación propuesta por Zeballos entre tehuelches (civilizables) y araucanos (no civilizables) tenía como corolario la propuesta de integración provisoria de los indios “más civilizables” para emplearlos en combatir a los “no civilizables”. Más aún, a lo largo de la obra, Zeballos señalaba las vías previstas para la efectivización de esta integración estratégica de los tehuelche, que consistían en el “fomento de sus vicios”. Así, acompañando este cinismo político, se originó la línea de pensamiento que insiste en una supuesta “amistad” entre el estado argentino y los tehuelche que habría sido arruinada por la intromisión de los araucanos/mapuches, que habrían provocado la extinción de los primeros, ya sea involuntariamente (por la araucanización) o adrede (por genocidio). 

Si bien es cierto que en tiempos históricos hubo enfrentamientos militares entre tehuelches y mapuches, ello no significa que unos defendieran y otros invadieran una soberanía “nacional” que no existía, sino que la presión de la frontera criolla que avanzaba potenció la competencia por el control de un recurso cada vez más escaso. Y aun así, eran más usuales los encuentros pacíficos, ya fuera para el comercio y los matrimonios, como ya mencionamos, como para la acción política, como lo manifiesta la larga tradición de Füta Trawün (Parlamentos Generales) en los que interactuaban tehuelches y mapuches desde por lo menos el siglo XVIII, cuestión documentada entre otros por Moreno, Musters y Onelli. 
Será el Ejército Argentino –y no los mapuche o araucanos- el que acabe con la libertad y la vitalidad de la nación tehuelche, muy pocos años después, cuando sus prioridades territoriales se modifiquen. El Combate de Apeleg fue decisivo para la derrota definitiva de mapuches y tehuelches -que lucharon aliados- a la vez. 

Los principales jefes tehuelche Inacayal, Foyel y Orkeke sufrieron el ostracismo y la muerte bajo la égida republicana. Orkeke, paseado por la Ciudad de Buenos Aires como curiosidad viviente, poco después de su derrota, murió en ella en septiembre de 1883 y sus restos fueron expuestos al público en el Hospital Militar. Inacayal vivió varios años prisionero y reducido a la servidumbre en el Museo de La Plata hasta su muerte, y sus restos corporales fueron ignominiosamente desguazados y repartidos por diferentes depósitos. Toda su familia, así como la familia de Foyel, sufrió la misma suerte. Esta barbarie no provino del “desierto” ni de los araucanos, sino de la sociedad “civilizada”. 

Hasta muy recientemente, los tehuelche abandonaban sus pautas culturales en pro de la adopción de la cultura “blanca”, mucho más que a favor de la mapuche. La extinción de las lenguas del extremo sur patagónico –aonikenk, günuna kena, tchonek, selknam, etc.- se produce cuando, cansados de la persecución y la discriminación, sus hablantes se pasan al castellano, no al mapudungun. Quiero decir, que la responsabilidad decisiva en el etnocidio y el genocidio de los tehuelche le cabe indudablemente al Estado nacional y a los particulares que a su sombra no tuvieron reparos en acabar con ellos. 

Lo que suceda de ahora en adelante tendrá que ver con las decisiones que como ciudadanos tomemos, manteniendo por default discursos y políticas generados en tiempos de injusticia, o buscando una nueva ética que comience a reparar los daños, sobre la base del conocimiento informado y objetivo de nuestra historia. En esto, todos somos responsables.

Fuente

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La Campaña de La Nación

Un siglo y medio apoyando un genocidio. El diario de Mitre reivindicó la tarea de Roca, afirmó que los mapuches no son un pueblo originario argentino y criticó el revisionismo de la historiografía liberal. La respuesta de los historiadores.

En su edición del domingo 5 de enero, el diario La Nación volvió a la carga, molesto. Resulta difícil saber si fue por convicción histórica, pero la llamada Campaña del Desierto regresó una vez más a sus páginas a través de un polémico editorial publicado un día después de conmemorar sus 144 años en la calle. El texto, titulado “Militancia e ignorancia”, cuestiona la corriente revisionista de esa porción de nuestra historia que duele por varios motivos: el exterminio y desplazamiento de varios pueblos nativos y el robo de sus tierras en favor de autores materiales e intelectuales.

“Reiteradamente hemos señalado desde estas columnas que distintas figuras históricas han sido demonizadas, presas de la lamentable intolerancia reinante en los últimos tiempos. Entre ellas, la de Julio Argentino Roca, fundador del Estado argentino moderno y a quien le debemos que la Patagonia sea argentina”, comienza argumentando el editorial, que muestra un antiguo mapa norteamericano realizado en 1860 y justifica que “permite observar que, para los Estados Unidos de América, la Confederación Argentina no comprendía a la Patagonia, pues fijaba claramente el límite meridional de nuestro país en el Río Negro”. El editorial tiene varios enfoques. Apunta a lo territorial, defiende la campaña y critica la revisión histórica de manera directa. También, pone en duda la existencia de tribus. “La etnografía da cuenta de diversas tribus originarias de la Patagonia argentina. Ninguna de ellas bajo el nombre de ‘mapuche’. Los mapuches a los que derrotó Roca no eran ‘pueblos originarios’ de la Patagonia, sino ‘invasores’: eran araucanos que provenían de Chile y que habían aniquilado a los verdaderos pueblos originarios, los tehuelches.”

Es posible que, como a muchos, a La Nación le haya molestado el emplazamiento de un árbol de Navidad de ocho metros que ocultó la estatua de Roca en el Centro Cívico de Bariloche. Pero aprovechó para arremeter contra un grupo de historiadores, como ya lo hizo en oportunidad de la firma del Decreto 1880/2011. Aquella norma, que creaba el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, puso en alerta al diario ante el peligro de un “pensamiento único”. Veintitrés se propuso consultar a varios historiadores y a un miembro de la comunidad mapuche sobre los hechos acontecidos en los años ’70 del siglo XIX y sus secuelas para comprender el interés del matutino en sostener esa visión. “El argumento del nacionalismo territorial sobre la Patagonia, y la ridícula imputación a los mapuches de ser agentes de un imperialismo chileno, no pueden justificar la forma en que se ejecutó la conquista de las pampas, violando por cierto la Constitución vigente que ordenaba conservar el trato pacífico con los indios –sostiene el historiador Hugo Chumbita–. En tiempos de Roca, la Constitución se invocaba cuando convenía y si no se ignoraba. Tal como sigue haciendo la tribuna de doctrina de La Nación, cuyos editoriales suelen pontificar mucho sobre la democracia constitucional, pero siguen reivindicando el ejemplo de este gobernante que, electo y reelecto por el fraude, quiso perpetuar con esos mismos métodos la época de la más cruda y cínica oligarquía y a esa época quieren volver”. Para Fabián Harari, la Campaña fue motorizada por la burguesía y determinó dos procesos: “La proletarización masiva y forzosa de población que vivía en sociedades sin grandes diferenciaciones de clase y la expropiación de tierras, que permitió ampliar la escala productiva de la agricultura pampeana. Estamos ante el punto final del proceso de acumulación originaria, comenzado en 1810, que permite el desarrollo capitalista. Ese fue el sentido de la masacre: matar y amedrentar a quienes se resistían.”

En 1877, Julio A. Roca se convertía en ministro de Guerra del presidente Nicolás Avellaneda. En 1878 se sancionaba la Ley 947 por la que se destinaban 1.700.000 pesos para realizar incursiones que llevaran la frontera hasta los ríos Negro y Neuquén. Roca cabalgó junto a seis mil hombres y un año después, el plan había dado resultado. Cuarenta y dos millones de hectáreas les eran quitadas a los pueblos nativos para ser repartidas entre 1.800 nuevos propietarios. El costo en vidas humanas para las diferentes tribus se elevó a 15 mil, mientras que igual cantidad era entregada como servidumbre a cientos de familias, o bien como esclavos. “Roca utilizó flamantes fusiles Remington que dieron cuenta fácil del primitivo armamento de los aborígenes: su resultado fue el exterminio de los indígenas patagónicos, que algunos llaman genocidio”, afirma Mario Rapoport, que da algunas pistas sobre el destino de las tierras, las que “se habían preadjudicado por un empréstito financiado por grandes terratenientes, comerciantes e inversores extranjeros. Los Martínez de Hoz, por ejemplo, recibieron 2.500.000 de hectáreas.”

Según La Nación, “no fue una cruzada contra el indio, sino una maniobra militar tendiente a excluir a Chile de la Patagonia, barriendo cualquier aspiración de apropiación por parte del país… el general Roca tenía por objeto derrotar a las tribus de origen chileno, instrumento de empresarios trasandinos”. Durante una entrevista realizada hace tiempo, el periodista e historiador Osvaldo Bayer había afirmado que “no hay comprobación histórica de que los mapuches se peleaban con los tehuelches. Son cuentos inventados por escritores patagónicos a principios del siglo pasado”.

“No se puede discutir la pertenencia de las familias originarias, independientemente de su ser mapuche o tehuelche, a un territorio ancestral sobre el cual se instaló el Estado argentino: fue mapuche y tehuelche antes de ser argentino”, opina Jorge Nahuel, vocero de la Confederación Mapuche de Neuquén. “La ciencia antropológica más rigurosa plantea como un sinsentido querer hacer coincidir pertenencia étnica y nacionalidad, porque son conceptos colectivos de diferente tipo que no se afirman ni se niegan mutuamente.”

La figura de Roca es, a 135 años de concluida la Conquista, objeto de compulsas entre sus defensores y quienes lo consideran un genocida. Además de la construida en 1940 a orillas del lago Nahuel Huapi, se levanta una estatua en el centro porteño; varias agrupaciones luchan por reemplazarlas. En diciembre de 2012 y durante una muestra en  Bariloche llamada In Situ, uno de los artistas construyó un puente de madera que pasaba por sobre el bronce de Roca. El dos veces presidente argentino gritó a los cuatro vientos, poco antes de emprender la marcha hacia las pampas: “Destruyamos pues, moralmente, esa raza; aniquilemos sus resortes y organización política, desaparezca su orden de tribus y si es necesario, divídase la familia”. En su editorial, La Nación lo defiende. “La absurda e interesada militancia en contra de Roca no hace más que tergiversar los hechos para instalar un discurso fruto de la ignorancia y la intolerancia”

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Opinión

Ignorancia o convicción
Por Araceli Bellota
Historiadora y escritora

Hace 144 años que el diario La Nación custodia el relato de la historia que su fundador Bartolomé Mitre instaló para todos los argentinos: una historia sesgada, mirada desde Buenos Aires y aislada de América Latina, construida por una minoría aristocrática que excluye cualquier participación popular decisiva, y orientada a justificar la alianza con Gran Bretaña del nuevo estado liberado de España.

El discurso que tanto los horroriza en contra de Roca debería ampliarse a toda una clase dirigente que, a partir de 1853, instauró un modelo de país que condujo la construcción del estado nacional en el sentido que Mitre había designado como fundacional. Roca no hizo más que plasmar en los hechos la cantidad de leyes que se habían votado en el Congreso Nacional para dominar a los pobladores originarios desde la presidencia del mismo Mitre y que atravesaron las de Domingo F. Sarmiento y de Nicolás Avellaneda, que dio impulso a la llamada “Campaña del Desierto” que encabeza Roca.

Fue Mitre con sus libros quien instauró la concepción de que la emancipación argentina fue el resultado de una gesta realizada por una minoría ilustrada porteña, liderada por grandes hombres como San Martín y Belgrano vaciados de contenido. Se cuidó muy bien de diluir el reconocimiento de estos próceres a los pueblos originarios como verdaderos dueños de estas tierras. Mitre, quien inauguró la construcción erudita del relato de la historia, tuvo mucho empeño en obviar los datos en los que ambos próceres se reconocen como americanos y luchan por mantener la unidad de Sudamérica en la emancipación de España. Es Mitre quien a través de su relato de la historia no hace más que justificar su propio gobierno (1862-1868) y su política de libre importación, el predominio de la oligarquía y de Buenos Aires sobre las provincias, y su alianza con Gran Bretaña, iniciando a la Argentina en un nuevo camino de colonialismo.

Roca no hizo más que terminar este proceso de exterminio de los pobladores originarios que habían sido, junto con los criollos, los que mayoritariamente integraron los ejércitos de la independencia, y que terminó de consolidar el  predominio oligárquico con el reparto de la tierra.

Para apoyar sus argumentos con el respaldo de una “nación civilizada”, el editorialista no hace más que utilizar las armas que aprendió del fundador: apela a un mapa confeccionado en 1860 y siente que su argumento se valida nada más que porque “para los Estados Unidos de América, la Confederación Argentina no comprendía la Patagonia”. Llama mucho la atención que Mitre, quien construyó su relato a partir una rigurosa base documental; y que el editorialista, que califica como “ignorantes e intolerantes” a quienes intentamos completar esa historiografía parcializada, no supieran que en 1813 el general Belgrano recibió como tributo una Tarja o Escudo con que las damas de Potosí reconocieron su lucha por la independencia. En esta pieza se puede observar el contorno de la América del Sur con las islas Malvinas incluidas. Se exhibe en el Museo Histórico Nacional que Mitre llegó a visitar poco después de su fundación. El editorialista puede hacerlo en el presente.

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El crimen que fue negocio
Por Osvaldo Bayer
Periodista, historiador, escritor

En un editorial del diario La Nación se critica abiertamente a quienes desde hace más de una década luchamos por quitar el Monumento de Roca del centro de nuestra ciudad. Se basan en los argumentos de un sector oligárquico de la época para justificar uno de los crímenes más feroces cometidos por quienes ejercieron el poder en nuestro país. En contradicción con los ideales de Mayo y de la Asamblea del año 1813, el diario de los Mitre nos llama intolerantes e ignorantes. En nuestro libro Historia de la crueldad argentina, escrito por diez historiadores, están las pruebas legítimamente históricas de que Roca –y su presidente Avellaneda– cometieron un verdadero genocidio, restablecieron la esclavitud en 1879 cuando esa esclavitud había sido derogada, y repartieron la tierra conquistada entre los estancieros de la época. Les recomendamos al director de La Nación y a todos sus periodistas que lean un diario de aquella época: la edición del 18 de noviembre de 1878, bajo el título “Impunidad”, publicó: “el Tres de Línea ha fusilado, encerrados en un corral, a sesenta indios prisioneros, hecho bárbaro y cobarde que avergüenza a la civilización y hace más salvajes que los indios a las fuerzas que hacen la guerra de tal modo sin respetar las leyes de la humanidad”. Parece que en La Nación ya ni leen sus propias crónicas. Otro ejemplo: Roca escribe al gobernador de Tucumán “que se reemplacen los indios holgazanes y estúpidos que traen desde el Chaco, por pampas y ranqueles”. Nada menos que Charles Darwin escribía escandalizado: “Si bien se asesina a sangre fría a todas las mujeres indias que tienen más de veinte años de edad, se perdona a los niños, a los cuales se venden o se dan para ser criados domésticos, o más bien, esclavos”. En todos los diarios de la época están los avisos oficiales donde se anuncia el reparto de indios, donde se reparten los hombres como peones y las chinas como sirvientas. El crimen fue un perfecto negocio. La Sociedad Rural, que cofinanció la campaña de Roca, recibió 41 millones de hectáreas de tierra repartidas entre 1843 estancieros socios. El mismo Roca se quedó con miles de hectáreas en el sur de la provincia de Buenos Aires, donde fundó la estancia “La larga”. Todo se puede comprobar en documentos de la época. Los argentinos debemos avergonzarnos y no levantarles monumentos a los autores del crimen.

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Roca, un patriota
Por Fabián Harari
Doctor en historia

¿Fue Roca un patriota? Quienes lo defienden, como La Nación, pretenden negar la masacre que representó la campaña de 1879 y las barbaridades documentadas en los partes de guerra. Quienes lo demonizan, asumen estos hechos, pero le quitan vínculos con los intereses nacionales. Ambos reivindican el nacionalismo: si es patriota, no puede ser genocida; si lo es, no es patriota. Los intereses sociales quedan, así, relegados. En definitiva, la Campaña al Desierto fue una intervención que favoreció la creación de la Argentina. Claro, de una Argentina capitalista, que no es de todos ni para todos. En ese sentido, Roca fue un digno representante de la clase explotadora. Y un patriota, lo que para los socialistas no es ningún elogio.

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Voluntad de exterminio
Por Gabriel Di Meglio
Doctor en Historia

El argumento de que al ocupar la Patagonia, Roca se anticipó a que lo hiciera Chile es real, pero eso no implicaba necesariamente destruir a la población indígena. Porque no fue la campaña militar la que provocó la mayor cantidad de víctimas sino lo que vino después, cuando los vencidos fueron encerrados en campos de detención, las mujeres violadas, los niños separados definitivamente de sus padres, los nombres suplantados a la fuerza por otros cristianos y los prisioneros usados como mano de obra casi esclava. Esa voluntad de exterminio no tuvo nada que ver con la competencia con Chile y no admite justificaciones retrospectivas.

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Terrorismo de Estado
Por Jorge Nahuel
Vocero de la Confederación Mapuche de Neuquén

Esta mentira se construye hoy, como argumento ante la demanda territorial del Pueblo Mapuche. Y se construyó ayer, como justificación ideológica de las campañas militares. Es el caso de Estanislao Ceballos, promotor e “intelectual orgánico” del roquismo, quien pagado por el Ministerio de Guerra, escribió sobre un territorio y una población que no conoció y creó un “enemigo extranjero” para lograr el visto bueno al terrorismo de Estado que desató Roca contra los mapuche. Para la misma época, se desato la persecución en el lado chileno, bajo el pretexto del origen pampeano prehistórico (“argentino”) de los “araucanos” (es decir, nosotros, los mapuche).

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Un siglo y medio con la clase dominante
Por Hugo Chumbita
Historiador

No sorprende que La Nación, que lleva casi un siglo y medio guardando las espaldas de los próceres de la vieja clase dominante, insista en defender los monumentos del fundador del “Estado argentino moderno”; de la república liberal y mercantil de 1880, cuando se aniquiló al interior federal y a los pueblos indios para repartir la tierra entre pocos y convertir al país en el granero y mercado de Inglaterra. Un pequeño sector de nuestra sociedad, seguramente lectores de ese diario, quedó eternamente agradecido al general Roca por haberle concedido tantas leguas de campos a precios irrisorios, o gratis, en las fabulosas operaciones de bolsa, remates y premios con que se privatizaron las tierras conquistadas.

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Cartografía interesada
Por Mario Rapoport
Economista e historiador

En cuanto al tema de la Patagonia la cartografía de la región, hecha en EE.UU. o Inglaterra, países con intereses en ella, no son pruebas suficientes para reconocer que las mismas pertenecieron alguna vez a Chile. Los documentos existentes de la época de la colonia señalan su pertenencia al Virreinato del Río de la Plata. Pero setenta años de guerras civiles, la concentración de las riquezas en la Pampa Húmeda y en el Litoral y la no conformación de un gobierno Nacional, sobre todo por responsabilidad de los gobiernos de Buenos Aires, hicieron que esas tierras quedaran semiabandonadas, alimentando las aspiraciones de los chilenos por poseerlas.


Por Jorge Repiso
Fuente

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- Artículo relacionado: Desmonumentar, por Osvaldo Bayer

Caricatura de un genocida



Imagen publicada y extraída del libro: "Pedagogía de la desmemoria. Crónicas y estrategias del genocidio invisible" Marcelo Valko - Colección Osvaldo Bayer 

"De todas las excelentes caricaturas que tocan la siniestra personalidad de Roca, ninguna supera esta minuciosa composición del rostro del general. Observese por ejemplo que la nariz es la cabeza de un burro, sus ojos son sacos de dinero con la palabra "negotium", la barba está compuesta por bayonetas y sables, el bigote es un opositor asesinado, sus galones son calaveras; en la frente, la Constitución atravesada por un sable y la mirada siempre esquiva..." (Don Quijote 25/10/1891)

-"Es una caricatura de Roca hecha por la publicación Don Quijote del 25/10/1891, en pleno auge político del genocida. Caricatura que demuestra toda la crueldad de su persona. El reciente libro de Valko deja bien al desnudo la verdadera personalidad de Roca. Y demuestra que en el curso de la historia cómo se justificó lo injustificable que ha quedado siempre oculto por más de un siglo y medio y hoy recién comienza a debatirse" (Osvaldo Bayer)


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